Tuesday, May 15, 2012

Otro adiós; buen viaje hacia tu Valiente Mundo Nuevo

Hoy murió Carlos Fuentes.
Al hablar de él, solamente puedo decir que quizá haya sido el primer autor que empecé a leer íntegro.
Recuerdo que el primer libro que conseguí de Fuentes, fue una recopilación de sus cuentos, realizada por Alianza Editorial. Cuerpos y Ofrendas, era el título del tomo.
Ahí, puestos a la disposición de quien quisiera leerlos, se juntaban los relatos de "Los días enmascarados", "Aura", "Cumpleaños", y varios relatos más.
Leer "Chac Mool" fue una epifanía, una revelación.
Después de eso, todo fue conseguir La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, y algunas otras novelas. 
Sin embargo, fue el Carlos Fuentes ensayista quién me conquistó por completo.
No sólo me hizo claro eso que llamamos novela, sino que me reveló, por completo, el continente novelístico hispanoamericano, con García Márquez, Onetti (Onetti, carajo), Vargas Llosa, y otros hallazgos que me han marcado, si no como escritor, sí como lector.
Recordar su apasionada defensa del español, su quijotismo y sobre todo su inteligencia universalista, son elementos que me permiten ofrecer este breve homenaje.
Como sucede, con el tiempo se fueron dando otros hallazgos, siempre orientados por esas primeras lecturas, y comencé a retirarme de la obra de Fuentes, incluso a estar en desacuerdo en algunas ocasiones con sus libros.
Sin embargo, vaya para usted maestro un sentido hasta luego, que gracias a usted pude adentrarme en este universo que se llama literatura.
Buen viaje.

Friday, November 04, 2011

Apuntes de un viajero que jamás salió de casa, en Palabra Abierta

http://palabrabierta.com/2011/apuntes-de-un-viajero-que-jamas-salio-de-casa/

Friday, June 18, 2010

"Estamos hundidos en la mierda del mundo...."


Hoy retomo mi blog para escribir que la tristeza es enorme.

Comienza la temporada aciaga, ésa que no se cansa de llegar cada año, apenas se asoma el mes de julio.

Esta vez me llegó mucho antes.

Hoy murió Saramago.

Seguramente se escribirán muchas páginas acerca de su obra, de la importancia de su obra, de su actitud indomable ante el gran horror del mundo que nos ha tocado en suerte.

Por mí que se escriban, por mí que presuman de la erudición de una obra infinita. Pocas son, y muchos son los que presumen de conocerlas.

Hoy sólo quiero compartir mi humilde anécdota, de cómo estuve, por unos segundos, frente a él.

Era 2003, y yo estaba acompañando a David Toscana a su ronda de entrevistas. Ese día nos tocaba ir a la estación de radio W FM, con Javier Aranda.

Al llegar no pudimos dejar de notar que frente a la cabina principal había una aglomeración; los reporteros y editores de la redacción veían y cuchicheaban alegremente.

El motivo era que Saramago estaba en entrevista con Carmen Aristégui. El Toscana y yo, resignados, seguimos hasta la cabina donde se grabaría la entrevista. No recuerdo exactamente qué dijimos, pero seguramente esperábamos poder ver a Saramago antes de que terminara su entrevista, aunque fuera a lo lejos.

La charla de Toscana se fue rápido; cuando salimos, él seguía dentro de la cabina. Toscana me llevó hasta donde dos mujeres conversaban. Eran Pilar, la esposa de don José, y una editora de Alfaguara. Rápidamente Toscana, que conocía a la editora, se acercó y comenzó una plática y las presentaciones de rigor.

De repente, se abrió la puerta de la cabina, y salió Saramago; con un traje oscuro, alto y majestuoso.

David se presentó, hablaron unos instantes, le obsequió Duelo por la muerte de Miguel Pruneda, y continuaron charlando.

En algún momento, quedé frente a Saramago. ¿Qué le dices a quién escribió libros que te descuadran la visión del mundo?

Sólo fueron unos segundos, y lo único que pude escupir fue:

-Maestro... soy un fan de sus obras.

¡Coño!

Con toda la ternura, Saramago me palmeó la mejilla. Un gesto que seguramente había repetido infinitamente ante personas igual de asombradas ante él. Creo que le enterneció mi admiración, la que no me permitió expresar de otra forma todo lo que él representaba y representa para mí.

Inmediatamente lo abracé.

Y sentí como si abrazara a todos mis mayores, mis abuelos, mi padre, todos los hombres que me habían precedido.

Sólo fueron unos segundos, que para él seguramente no pasaron más allá de eso. Para mí han sido una parte muy importante de mi vida.

Hoy lo vuelvo a abrazar, maestro, y le digo hasta luego con toda la emoción y admiración por usted, que han permanecido intactas.

Thursday, January 07, 2010

Yo también quiero una autobiografía bien fraudulenta (divertimento con visos de realida)

Nota: los siguiente fragmentos fueron rescatados de los mingitorios de los tacos del Paisa
Ahora lo sé de cierto: moriré inédito.
Y no, no es una anotación en mi diario (que convenientemente dejaré encima del escritorio de algún reportero, en alguna redacción para que sea convenientemente "descubierto", ¡a fuerza!), es lo que me dijo el licenciado de la Chingada (sí, así se llama y así se comporta).
Tocó a mi puerta delicadamente con un tabique, y hasta me ayudó a tirar los restos de vidrio que colgaban del marco de la ventanita, no fuera yo a cortarme.
-!Óigame hijo de su rechingada!
-Diga usted.- le respondí amable a su interpelación.
-Aquí traigo la demanda, que usted ya perdió, en donde lo mandan directo a la mierda un chingo de editoriales.
Me sentí halagado, aunque no sé como llegaron a confabularse en mi contra el chingo de editoriales que me demandaban, porque no había enviado ningún tipo de material escrito a ellas. Pero en fin.
-!Y sépalo bien cabrón: nunca, pero nunca, publicará usted ni madres en este país¡
Iba a darle los buenos días, pero mi mano derecha le aventó en cambio la taza de café que me estaba tomando. Me arreó dos madrazos con su portafolio, y estando en el suelo fue cuando me vino la idea (junto con el chorro de sangre que salía de mi nariz).
Ante este hecho ineluctable (aunque no tengo la menor idea de qué significa ineluctable, pero se oye machin), he decidido dar a conocer una falsa autobiografía, que resuma mis logros y tropiezos como escitor que prefiere vivir como escritor y no como un escritor que escribe.
Agárrense, pues: En primer lugar, nací en el seno de una manada de perros, es lo que había a la mano en las calles de Mocorito, mi pueblo. Hasta los dieciocho años, viví convencido de que moriría joven. Pero el afable pollero que me encontró hizo el favor de explicarme que mis dieciocho años eran eso, dieciocho años y no tenía que aumentarlos de siete en siete, como perro, ni defecar en el suelo de su camioneta o alzar la pata cuando me daban ganas de orinar. Agradecido con el buen hombre que me había devuelto mi condición de homo sapiens, me dediqué a laborar en el salón de opio que regenteaba para la comunidad china de la región; entendí que era humano, y sufría de dolores reiterados (no sé si tenga algo que ver que el pollero la arriaba en mi contra y me atizaba con un bat de beisbol) y no sabía como dar salida a mis emociones y pensamientos.
Decidí que tenía que salir a vivir la vida, después de haberle masajeado los callos a la mamá del amable pollero, y aproveché un día en que llegaron hartos de sus amigos, para preguntar que dónde estaba la hierba. Mientras organizaban juegos con cosas de la casa, como el picahielos, salté por la ventana del tercer piso.
El siguiente recuerdo que me asalta es el del día que fijé mi vocación: quería ser escritor. Toda vocación se enfrenta con problemas que impiden o retardan su consecución, en mi caso fue que nunca había aprendido a leer y mucho menos a escribir. Aparte de eso, yo pensaba que el escritor era como don Remigio, el viejo puerco que les mecanografiaba las cartas a las chamacas en los portales y después quería meterles mano.
Para enfrentar a mis demonios comencé por declararme abstemio y un drogadicto en recuperación, lo cual también fue problemático, no porque no sea un atascado, sino que no tenía dinero ni para un cuartito de leche, mucho menos para una piedra o un toque, y ahora no puedo explicar el por qué aspiro, de vez en vez eso sí, un montón de coca como de 30 centímetros de altura (yo se lo achaco a los nervios de saberme observado).
Recuerdo que me olvidaba del hambre poniendo la cara frente al escape de los coches, de esa manera mataba dos pájaros de un tiro: no sentía hambre, ni tenía que caminar para buscar sustento, pero luego cuando se echaban en reversa me arrastraban dos o tres cuadras...
Aquí se corta el manuscrito, las otras 344 páginas son ilegibles.

Sueño del eterno retorno

Corre y sus pies pesan como si trajera dos placas de hierro en las suelas de los zapatos.
Ha perdido la cuenta de las veces que ha traspasado ese umbral, y ha visto el florero con las extrañas flores de zafiro. Ya no sabe cómo fue que terminó recorriendo una y otra vez, pero cada vez con mayor urgencia, los mismos pasadizos, las mismas escaleras.
Pasa de un cuarto opulento a un desván desvencijado y sumido en la penumbra. En esta casa (ahora lo sabe) se suceden los escenarios verdes y tranquilos (pero deshabitados) junto a las ruinas más sombrías.
Algo le sigue los pasos muy de cerca.
Lo siente inconmensurable, peligroso.
Alcanza a percibir por el rabillo del ojo sombras de una dimensión descomunal, y siente que en cada vuelta al mismo laberinto la distancia se va acortando.
A pesar de la conciencia de estar soñando, se va quedando sin aliento.
Pero no puede detenerse.
Por fin, su voluntad se quiebra y decide que ya no puede más.
En el cuarto de las flores de zafiro voltea. Trás de sí, sólo alcanza a ver sus propias huellas, nada más.
La duda lo paraliza, y es entonces que las sombras doblan el ángulo de la puerta y entra él mismo corriendo:
"¡Corre pendejo!", se alcanza a decir y los dos inician de nuevo la huida desaforada.
En el jardín, el reverendo Takata abanica al monstruo, mientras aguardan a que el sueño termine.

Thursday, November 05, 2009

Arquitecturas imperfectas

Acabo de leer un comentario en la página FB de un gran amigo y escritor, que me ha hecho escribir esta nota a vuelapluma.
En cuestión, un lector da cuenta de haber comprado dos libros de la autoría de mi amigo. Al iniciar la lectura de uno, se encontró con que faltaban seis páginas, las cuales venían en blanco.
Argumentaba el lector que no se perdía mucho de la secuencia.
Este incidente me lleva a recordar casos similares que me han ocurrido a mí, en los cuales algunos libros que leí con deleite, presentaban estas curiosas ( y molestas) erratas.
De inmediato me salta uno, que está entre los más conocidos, Cien años de soledad. El libro aún lo conservo, de editorial Sudamericana, con la portada clásica de Vicente Rojo, el cual heredé de la biblioteca de mi padre.
Varias páginas estaban en blanco, y se iban alternando conforme uno iba leyendo.
El hilo de la narración se iba cortando, y uno se quedaba con la duda ansiosa de saber qué carajos era lo que había quedado interrumpido.
Leí el libro y a pesar de los pasajes que quedaron incompletos, no pude sino admirar esa narración inmensa que es el libro.
Pasarían algunos años para enterarme de los acontecimientos perdidos en mi libro. El que recuerdo con nitidez, es el pasaje en donde se narra como despachó el coronel Aureliano Buendía a un general de su bando, por considerarlo un lastre para la causa debido a su salvajismo y a la imposibilidad de controlarlo. El resultado fue que el hombre terminó macheteado, cortado en pedazos.
Otro episodio, extraño y alegre, sucedió cuando compré el volumen con las novelas completas de Álvaro Mutis (Maqroll el Gaviero es una de mis lecturas apasionadas).
El tomo es grueso, encuadernado en cartulina, y en la portada hay una fotografía de Mutis, y (obvio) en el fondo de la portada se alcanzan a apreciar diferentes motivos marinos.
Con ansiedad abrí el libro, sólo para descubrir, y reconfirmar, que estas cosas sólo pueden sucederme a mí.
En lugar de encontrar la portadilla y la portada del libro, encontré el colofón de cabeza. Así fue, el libro venía encuadernado de forma invertida. Aún lo conservo como una de mis posesiones más queridas.
Por último, recuerdo que había conseguido Terra Nostra, de Carlos Fuentes.
Comencé a leerlo, y cuando alcancé por ahí de la página ciento y tantos, descubrí que se repetía todo el cuadernillo que ya había leído, no una, sino dos veces.
Boté el libro lo más lejos que pude.
Y hasta ahora, no he descubierto que seguía después.

Thursday, October 15, 2009

Un saludo para Pedro Ángel Palou

En días pasados terminé de leer, prácticamente en cuestión de horas, El dinero del diablo, la novela más reciente de uno de mis autores contemporáneos preferidos: Pedro Ángel Palou.
La novela es una mezcla de thriller con novela histórica, ya que narra, por un lado, las peripecias del padre Gonzaga, jesuita, al intentar resolver una serie de asesinatos dentro de Ciudad del Vaticano.
Las muertes están relacionadas con los archivos del Papa Pío XII, los cuales guardan un secreto terrible que daría al traste con la canonización del mentado papa.
Por el otro lado, la novela narra precisamente la naturaleza del secreto de Pío XII y su relación con los nazis y el Holocausto.
La narración de cualquiera de las dos partes que componen la novela es intensa, cargada de denuncias acerca de los manejos secretos y la manipulación de la verdad que, en aras de defender los privilegios obtenidos, es capaz de llevar a cabo la cúpula del poder Vaticano.
Aún más, Palou logra una historia creíble, con datos verídicos extraídos de los archivos en Roma. Desde ahí, logra hilar una trama que crece en intensidad, hasta el aparente clímax, y digo aparente, porque en realidad no se determina si Pío XII será canonizado, ni hay una resolución con los personajes de Gonzaga y Reva Shovel (médica forense israelí, enamorada de Gonzaga, y en realidad es una agente del Mossad).
El poder y el dinero, los grandes temas que atraviesan el libro, vuelven de El dinero del diablo un thriller político-histórico que promete continuar en sucesivas entregas ahondando en los secretos del poder detrás del papado.
Mención aparte merece el protagonista, Gonzaga, un jesuita dedicado a resolver crímenes dentro del seno de la Iglesia. Gonzaga comparte muchas de las características del arquetipo del detective contemporáneo, mezcladas con una profunda crisis de fe (¿algún personaje de la actualidad puede darse el lujo de creer en algo hoy en día?) y el deseo de romper con los votos en los que alguna vez cimentó su vida.
Gonzaga es un homenaje irónico a ese otro detective religioso, William de Baskerville, en El nombre de la rosa de Umberto Eco.

En suma, El dinero del diablo prosigue el camino que el autor se impuso en sus últimos libros: si hay huecos que la historia y la vida no pueden rellenar, para eso está el escritor. Para decirnos, no lo que fue, sino lo que pudo haber sido la realidad.