Me sé vestido con una armadura escarlata y blanca.
A mi alrededor, un campo con pastos muy verdes, esmeraldas casi, y construcciones de madera.
Avanzo, con la espada desenvainada (tengo la espada en la mano), y lanzo tajos a izquierda y derecha.
Mis enemigos, invisibles hasta el momento del corte, caen, uno tras otro.
Sigo mi avance, y llego a la orilla de las aguas.
El mar está en tempestad. Las olas, de agua revuelta, ocres, se revuelven contra sí mismas y son más altas que la tierra.
Todo está amenazado por la furia del mar, y de un momento a otro se tragará la tierra.
Subo a un promontorio (un filo de tierra que se yergue contra el estruendo).
Con la espada en alto, mi voz se eleva hasta desafiar el rugido de las aguas.
Convenciones
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Quizás ustedes no lo sepan, pero existe un estilo —aunque yo lo llamaría
manía— de ponerle “Con” al final del nombre de cualquier convención.
Es decir: ...
2 weeks ago
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