Tuesday, January 06, 2009

Sueño de la fortuna

El reverendo Takata se pregunta si, en algún momento, todavía los dioses ofrecen favores a los insensatos que tienen el atrevimiento de adorarlos.
Largo fue el silencio. Hasta que por fin, tras un ligero cabeceo del venerable, a su lado el dios azul apareció.
Incluso en su apariencia más benévola, el joven dios no podía evitar el horror que despertaba su presencia en el corazón de los hombres. Pero el reverendo Takata no es cualquier hombre.
Para él, que recorre los dominios casi infinitos del sueño, la presencia de un dios (sobre todo éste, joven aún) no significaba ninguna especie de sobresalto.
Algún tiempo más pasó, mientras los dos se interrogaban con la mirada.
Y fue la joven deidad la que inició el diálogo, más soliloquio, con el venerable.
“Algunos hombres opinan que este tiempo ha terminado de minar la fe del resto de la humanidad en nosotros. Pero, venerable, ¿qué idea es más fuerte que la más ínfima esperanza de que el destino de cada uno, el lugar en el mundo, esté determinado por una oscura mano? ¿Cómo es que los hombres siguen aferrados a la secreta esperanza que el dolor y el desamparo, que la prosperidad y el poder, son dádivas que nosotros, dioses, otorgamos?
“Te repito venerable, dales a los hombres la esperanza, y ellos sabrán torcerla hasta achacarle a la más insignificante deidad (una que no pueda realizar ni el más bastardo milagro), el poder de convertirlos en emperadores, la capacidad de terminar con la monotonía de sus vidas.
“Es costumbre aún entre nosotros, otorgar, de vez en vez, imperios a hombres que descreen de la maravilla unidimensional de este mundo. Todavía existen aquellos que se piensan con un destino superior a sus congéneres. Otros, que son más numerosos, opinan que la fortuna es una perra, que reparte sus favores entre quienes no lo merecen, o entre los que los reciben por el sólo hecho de estar ahí, sin tener mayor mérito. Y por último, están lo que no creen más que en el hambre que padecen hasta el último día de su vida.
“Son los primeros a los cuales nos interesa favorecer, reverendo, por lo cual repartimos nuevos territorios de ensueño. Pero, como en todo reverendo, lo que no decimos a nuestros ingenuos necios, es que estos imperios están condenados a repetir, incesantemente, el mismo destino, sin posibilidad de variación, sin una leve desviación, durante toda una eternidad, o un leve parpadeo. Así, puedes encontrarte comandando un imperio en el que se repiten los mismos gestos, los mismos diálogos, el mismo ceremonial día con día, en espera de que alguien, cometa las más ligera variación; o están los reinos en guerra perpetua, donde el emperador se levanta diariamente para comandar sus tropas, y ser traicionado, y luego muerto, por algún cortesano ambicioso. Y esta farsa ocurre exactamente igual, hasta que el desdichado implora morir de forma permanente, y teme volver a despertar. O aquel otro que comanda espacios vacíos, y busca, incesante, alguien a quien comunicarle su voluntad.
“Y tú, venerable, ¿qué buscas dominar?”
El reverendo Takata acomoda los pliegues de su hakama, y sólo basta sonreír para que la presencia se desvanezca, y volver a disfrutar del silencio.

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